El mundo que conozco, en el que he nacido, crecido y ya
empiezo a mirar desde “el otro lado del tapiz”, está construido básicamente por
pares semánticos (bueno/malo, bello/feo, verdadero/falso, justo/injusto, etc),
los cuales otorgan una forma de percibir, entender e interpretar la realidad
dentro de una estructura determinada, que sin duda tiene la ambivalencia de que
es fecunda, por cuanto permite tener una forma de aproximarse a ella y de
dotarla de un sentido, y a la vez es limitada, por mor de sus características
concretas, sin olvidar que toda forma de conocimiento es en sí misma limitada.
Pero lo relevante para mí no es solo esto, lo es más el hecho de que todo esto
deviene en una forma de hacer y
actuar.
actuar.
Cuando los orientales hablan de que el camino del
conocimiento y la sabiduría pasa por la destrucción del yo (del ego) y lo
traducimos en nuestros esquemas occidentales, confundimos esta destrucción del
yo con destruirme yo, o al menos nos resulta complicado vislumbrar que una y
otra cosa no tienen nada que ver.
Hago alusión a este ejemplo que ahora viene a mi memoria,
por la dificultad y los límites que nos impone tener una manera, o por mejor
decir, una estructura, de ver y mirar el mundo, lo cual es inherente a
cualquier cultura y a la propia condición humana, tanto de una perspectiva
filogenética como ontogenética.
Ahora bien, tener conciencia del límite (cultural,
lingüístico, social y personal), no implica que no sea posible conocer; lo que
sí implica es que todo conocimiento está basado en una traducción, en una
metaforización de eso que llamamos lo real. Pero precisamente esa conciencia de
límite nos permite ver, al menos intuir, que lo que está más allá, aquello a lo
que no tenemos acceso, es eso que muchos autores han denominado el misterio.
A estas alturas de mi vida, cuando ya no miro hacia
delante, o al menos mi mirada adelante está constreñida por un tiempo corto,
cuando miro lo que he vivido, conocido y experimentado, es cuando puedo
entender, al menos de manera vaga e intuitiva, algunos aspectos fundamentales
de lo que es esto del vivir y del sentido que para mí tiene la vida. Sin
embargo, esta mirada no está exenta de capacidad de sorpresa. En absoluto. Aún
mantengo esa mirada que espera que la vida me sorprenda. Es esa parte de niño
que todos llevamos dentro, incluso en el otoño de nuestro ciclo vital, la que
me hace sentirme vivo y con ganas de seguir sintiéndome explorador. Tal vez, de
una manera más calmada, menos explosiva, con paso más lento, pero no menos
intensa.
Por otro lado, los años hacen que entienda mejor que la vida es
simultáneamente constante cambio y
permanencia. Este par semántico no se muestra como cuestiones
antitéticas, sino como realidades que se dan a la vez como ejes que
sustancian y vertebran el vivir. La vida es un proceso caracterizado por su
constante dinamismo, si no hay movimiento no hay vida, pero es un movimiento
atravesado por una permanencia, la cual guarda una relación muy directa con eso
que llamamos identidad, o si se me permite la extrapolación tal vez algo
pretenciosa, lo que en la filosofía llaman el ser.
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