COSAS QUE PASAN
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas

24/11/14

La capilaridad del poder vs. la libertad.

Ha sido Michael Foucault uno de los autores que más y mejor ha analizado el fenómeno de la eficacia del poder (de los poderes, diría el autor) en nuestro mundo moderno y tardo-moderno. Explicó, con enorme lucidez, como opera la práctica del poder en nuestro mundo actual, y cómo llega a su máximo rendimiento mediante la introyección de los discursos que hegemoniza el poder; de tal modo que ya no es menester obedecer a los "guardianes externos", sino que éstos se encuentran instalados en el seno de nuestro propio interior. El resultado de todo ello deviene en prácticas acordes con lo establecido, manteniendo y reproduciendo los ejes materiales y simbólicos del mundo social, cultural y económico impuestos.

Ahora bien, ¿es posible salir del panóptico de Bentahm, que tan bien expresa el control del poder?

Si hubiera tenido que contestar a esta pregunta hace unos pocos años, habría dicho que no. En estos momentos, tengo la certeza plena de que sí es posible. 

Hace ya bastantes años, en una entrevista al sociólogo francés Alain Touraine, le preguntaron si era posible salir de lo social, ante lo que contesto que no solo era posible, sino que era muy recomendable. La respuesta me atrajo, me generó gran interés, pero no pude dotarla de suficiente sentido y menos aún de hacerla real. Ahora ese comentario tienen una lectura y un significado mucho más profundo y certero para mí. Es más, posiblemente tienen otro significado y otro sentido al que vislumbré entonces.

Ahora sé que podemos salir del universo simbólico hegemónico en el que estamos, así como del ámbito de lo social. Para ello, es necesario cambiar nuestro mapa mental, y enlazar con otro modo de conocer y percibir la realidad, de percibir a los otros y de percibirnos a nosotros mismos. Y cuando eso ocurre, sí es posible enlazar con espacios de libertad desconocidos.


8/5/14

El deseo y el sentido, dos ejes del inconsciente: Freud vs. Jung

Freud centró en el deseo la pulsión básica del inconsciente. Carl Jung consideró, posteriormente, que era la búsqueda de sentido la piedra angular de nuestro mundo inconsciente. Ambos vieron que el inconsciente es la locomotora de arrastre sobre el que nos pensamos, sentimos, interpretamos y actuamos; es decir, nuestro plano consciente.

Toda la corriente psicodinámica ha centrado su interés, tanto desde el plano teórico como desde el clínico-terapéutico, en ese mundo "sumergido" como soporte y explicación de nuestra actividad consciente.

Carl Jung se refirió a nuestro "lado oscuro" al hablar del inconsciente. Pero, más allá de lo que habita en ese submundo que rige gran parte de nuestros pensamientos, emociones y acciones, lo que este autor plantea es que ante ello tenemos dos opciones básicas: negarlo o aceptarlo. Es decir, pelearnos con lo que está en nosotros de manera sumergida o amigarnos con ello.

En estos momentos de cambios vertiginosos, de tentaciones de salir huyendo o de "reinventarnos", se nos olvida a veces que allá donde vayamos, ya sea física o metafóricamente, viajamos con nosotros mismos, con todo el bagaje incorporado. 

Creo que es importante tenerlo en cuenta para entender qué significa el cambio en nosotros de verdad, a qué aspectos hemos de atender para generar auténticos procesos de transformación y qué elementos son los que realmente motivan esa necesidad de procesos de cambio.

Tengo la sensación de que en esta modernidad líquida que señala Bauman, la tendencia a la banalización, la vivencia de lo instantáneo como casi única percepción del despliegue temporal, nos hace olvidar que modificar aspectos tan complejos como son nuestros espacios intrapsíquicos requieren inevitablemente de un "tempo" necesario para conseguir una actitud de libertad interior, para incrementar nuestro grado de consciencia y para comprometernos con lo que vemos, con lo que decidimos y con lo que hacemos.

Ponerse a ello es enlazar con nuestro mundo del deseo y construir y dotar de sentido nuestro interior y nuestra relación con lo real.



10/3/14

"Todo el rato nos pasan cosas"

Todo el rato nos pasan cosas: buenas, malas y mediopensionistas. Si no nos pasaran cosas sería porque estamos muertos.

El tema no es que nos pasen cosas, sino cómo nos relacionamos con las cosas que nos pasan.

Creo que ese es el quid de la cuestión de cara a esto que nos traído aquí, que no es otra cosa que el vivir.

Escucho a veces a personas que depositan su estado de felicidad (tema éste cuasi metafísico) o de satisfacción, en su situación económica, en que su pareja le quiera o no, en que no tenga disgustos, en que...Escucho a personas que depositan todo el peso en el afuera, fuera de ellos mismos: escucho a personas que se sienten víctimas del mundo, y constato que sintiéndose víctimas siempre estarán expuestas a los avatares del afuera, y serán casi siempre éstos negativos, como no podría ser de otro modo. Es comprensible que alguien tan pendiente del afuera, que siente ese afuera como potencial amenaza de sí mismo, lo que provoca es justamente lo que teme; además de que, aunque vengan cosas "buenas", siempre serán susceptibles de mejora o algún fallo tendrán, seguro. 

No pretendo parodiar a estas personas que se posicionan ante el mundo de este modo, en absoluto. Además sé que sufren mucho, pero también sé que se trata, en buena medida, de un sufrimiento gratuito. Sí quiero quitar algo de peso e incorporar, si puedo, unas gotas de sentido del humor.

Para mí vivir consiste básicamente en enlazar con nuestros deseos (ese mundo inconsciente o zona oscura, que todos tenemos dentro), dotarlos de sentido y traducirlos en actos de vida. Ya sé que las palabras quedan bien, pero luego está la cruda realidad, lo sé. Pero también sé que lo que digo no son solo palabras, sino que son experiencias de personas que he conocido de primera mano y que es el camino que recorren y se han marcado.

¿Cual es el principal problema para materializar todo esto? Sin duda el miedo. El miedo nos hace buscar y depositar fuera de nosotros lo que está en nosotros: buscamos programas, recetas, rutas establecidas, cánones, etc.; de igual modo, responsabilizamos al afuera lo que nos pasa a nosotros, excluyéndonos de cualquier responsabilidad en lo que nos pasa (esto no solo no es real, que no lo es en absoluto, además es una fantasía que nos impide vivir).

El miedo nos paraliza, nos bloquea, nos aliena, nos impide vivir. Pero ese miedo, el que está dentro de nosotros, no el miedo biológico que nos hace reaccionar ante una amenaza exterior, tendemos a alejarlo o negarlo. Creemos que de este modo se va, y lo que hacemos con ello es justamente lo contrario, alimentarlo. Es la idea y/o acción contrafóbica que solemos poner en juego para actuar ante algo que nos genera fobia.

Pero ese miedo interno, que lo llevamos con nosotros allá donde vayamos, por eso las huídas hacia delante no sirven, solo se disuelve mediante dos premisas básicas: aceptarlo y enfrentarlo. La aceptación implica el reconocimiento de que está, de que nos impide hacer cosas, que no nos deja pensar o actuar como querríamos. Cuando se acepta, se empieza a enfrentarlo, y se comienza a sentir que va perdiendo peso en nosotros. ¿Por qué sucede esto?: sencillamente porque lo miramos de frente, es decir, lo sacamos fuera de nosotros, lo "objetivamos", y nos damos cuenta de que a "los fantasmas" solo podemos enfrentarlos fuera de su terreno, fuera de nuestro mundo fabulatorio interior.

Vivir la vida solo es posible desde una posición de libertad, y, para mí, ésta consiste en ausencia de miedo: son las dos caras de una misma moneda. Cuando se entiende esto, no sólo desde la razón sino desde la experiencia personal, se comprende que no hablo solo de palabras.

Libertad, responsabilidad, aceptación y compromiso son las palabras clave, para mí, que hay que enlazar en nuestro vivir.

16/2/14

Construidos y constructores

Venimos a un mundo ya construido, hecho, con su historia, con su presente, a él nos incorporamos. Accedemos a lo que ya existe, al flujo de relatos que fijan la realidad, a los significados y sentido dados a las cosas. Todo eso está cuando llegamos cada uno de nosotros.
Nuestro proceso de integración en el mundo lo realizamos mediante nuestra aculturación en él. A partir de ahí, de nuestro aprendizaje y comprensión de cómo funcionan las cosas y cómo funcionamos nosotros con las cosas, del valor que se les dá y les damos, empezamos a ser nosotros constructores de mundo, a interactuar con los demás desde nuestro relato, nuestra aportación de significados y sentido. Es nuestro vivir desde la autonomía.
En éste nuestro vivir de forma autónoma, idea redundante, ya que todo vivir pleno es autónomo, vamos relacionándonos con el mundo y los mundos, poniéndonos en contacto desde nuestro mundo personal y social. Son nuestros relatos, nuestros significados y sentido los que se relacionan y construyen realidad a partir de lo dado.
Nuestro relatar y construir realidad lo hacemos a partir de lo heredado, de lo incorporado, incluso tal vez desde la aceptación plena de lo ya fijado; pero es un posicionamiento que ha pasado por una posición de distancia respecto de lo otro, de criba, y, sobre todo, de elección. Es decir, es un relatar a partir de lo ya dicho y hecho por los otros y por nosotros, pero desde un espacio de libertad interior, que se traduce en un actuar consciente.
En nuestro vivir, por tanto, vamos construyendo nuestro relato, y vamos creando realidad a partir de lo real. Para eso no existe caminos prefijados, ni recetas, ni ningún canon establecidos; somos nosotros los que diseñamos y trazamos nuestro camino. Pero, además, y sobre todo, vamos haciéndonos caminantes.
Sin duda que en el andar de cada persona habrá más o menos autonomía, más o menos libertad y, en definitiva, será un vivir más o menos pleno; pero, inevitablemente, lo queramos o no, todos vamos construyendo nuestro relato y nuestro vivir. Es decir, todos somos responsables del sendero que vamos diseñando y de la estela que va dejando.

11/12/13

La gestión del miedo

Hay un miedo natural, funcional, que surge ante un peligro externo. Se trata de una emoción adaptativa que tenemos y que nos resulta útil para la supervivencia. Nos sirve para anticiparnos y superar el peligro real que se nos presenta.

Sin embargo, existe otro tipo de miedos que guarda relación con nuestro modo ver, interpretar y posicionarnos ante nuestro entorno y, en última instancia, ante nosotros mismos. Se trata de un miedo que no está ajustado al hecho o causa que lo produce. Es, por tanto, un miedo que nace, se consolida y retroalimenta en nuestro interior.

Éste segundo tipo es al que quiero referirme aquí. Es fuente de un plus de sufrimiento gratuito y, sobre todo, representa un obstáculo para nuestro vivir y relacionarnos con nuestro entorno y con nosotros mismos.

Existen dos miedos básicos, que tienen una estrecha conexión con otros dos más profundos, que son:
  • El miedo al fracaso, ya sea a no conseguir lo que se desea o a perder lo conseguido.
  • El miedo al rechazo: no ser querido, aceptado, valorado, reconocido, etc.
Ambos, como antes decía, tienen una vinculación estrecha con: el miedo a ser como soy, es decir, a ser yo mismo; y el miedo a ser libre, es decir, a enlazar con mis deseos, con lo que yo quiero, y traducirlos en actos de vida.

Sea cualesquiera las causas del miedo, el primer paso para poder manejarlo es ser consciente, tomar conciencia y consciencia de que está, de los efectos que tiene sobre nosotros y, si es posible, de las causas que lo generan. 

Ser consciente y ensanchar nuestra consciencia es el primer peldaño para poder manejarlos, canalizarlos y gobernarlos; de tal modo, que no sean ellos los que nos gobiernen a nosotros. Mirar nuestros miedos cara a cara, es, a su vez, el primer paso para mirarnos a nosotros, no al personaje que hemos creado y alimentado, sino a quien soy yo.

A partir de quien soy yo y cómo soy yo, cuales son mis deseos y el sentido (valor) que tienen para mí las cosas, cómo trazar y realizar el camino hacia lo que quiero conseguir, con quien/quienes deseo hacerlo, y ponerme a ello. 

El miedo al que he venido refiriéndome siempre surge en el plano del pensarse, y se disuelve en plano del vivir y vivirse. La vida no entiende de miedos, es nuestro modo de percibirla y pensarla la que lo incorpora.




23/6/13

Libertad vs. obediencia

Llevo la mayor parte de mi vida profesional escuchando e interpretando los discursos sociales que las personas y colectivos reproducen en su habla cotidiano. Mi tarea se ceñía al “texto” producido y el contexto en el que se daba.
Ello me llevó a ocuparme, de forma colateral, a intentar entender como se constituye la identidad en el sujeto y cual es la urdimbre que la configura.
Desde ahí, desde el intento de escudriñar qué es eso de la identidad y cual es su arquitectura, viejo problema de la filosofía y de la psicología clínica, me interesé especialmente por conocer como pasamos los humanos de la heteronomía a la autonomía en nuestro desenvolvimiento en la vida; es decir, como es el proceso de maduración y crecimiento.
Fue ahí, tras intentar ver qué pasaba con la identidad, cuando se me planteó un tema apasionante, cual es, como es posible que en un mundo abierto, donde la libertad está al alcance de la mano, al menos, la libertad de pensamiento y de expresión, seguimos siendo obedientes. Es más, incluso el anhelo de serlo no sufría variaciones significativas respecto a períodos y situaciones donde la situación no lo permitía o fomentaba.
No hace falta señalar que todo proceso de maduración implica básicamente ir pasando de la heteronomía a la autonomía como individuos; es decir, pasar de “nuestros padres sociales” como fuente de criterio para pensar, sentir y vivir, a nuestros criterios personales. Y ello implica necesariamente ganar espacios cada vez mayores de libertad interior y de acción. En definitiva, crear y recorrer nuestro propio camino, el que nosotros hemos decidido, no el dado social y culturalmente.
Es obvio que el tema de la libertad es tremendamente complejo y tiene muchas aristas, pero sí se podía constatar que el miedo es un factor determinante para explicar la posición de obediencia, y, por tanto, de renuncia a conseguir mayores espacios de autonomía personal (el plano social tiene otros elementos, que lo convierten en un tema diferente).
Lo que se podía observar es que, además del miedo, aspectos como el nivel de formación, los elementos caracteriales y el proceso de socialización eran variables relevantes que permitían entender, en parte, la posición personal adoptada.
Ahora, en un momento social y económico caracterizado por una profunda crisis, lo que intuyo es que ese viejo problema: libertad vs. obediencia, adquiere mayor protagonismo. Y sigo refiriéndome aquí al nivel personal.
Lo que percibo es, de momento, ambiguo, o tal vez contradictorio, no lo sé, ni conozco de ningún estudio riguroso al respecto. Por cierto, es algo que sería muy necesario en estos momentos.

Ese protagonismo que señalaba lo adquiere porque estoy convencido de que, en una gran medida, la resolución de este momento pasa por la respuesta que demos al tema y cual sea nuestro proceso y posicionamiento personales. 

6/12/12

SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA

¿De qué va esto?. Las cañerías del sistema se han atascado y el hedor empieza a emerger por el aire. Ya no hay forma de parar el reconocer que estábamos asentados sobre un modo de producción (k. Marx dixit) estructuralmente injusto.
No, no se trata de buscar chivos expiatorios, ni de culpabilizar a personas concretas, que haberlas haylas; se trata de que ahora somos más conscientes, vamos, que nos damos cuenta de que estábamos asentados sobre un modelo basado en la desigualdad como requisito básico para su mantenimiento y reproducción.
Y todo esto por qué ahora: pues sencillamente porque se han desenmascarado los relatos, que el sistema generaba y alimentaba constantemente, como consecuencia de la quiebra del mismo. Uno de ellos, por poner tan solo uno, es que la libertad y la democracia ha de ir asociada inevitablemente al modelo económico de mercado libre, mejor dicho libérrimo. Tan es así que hemos creído y participado en esta fábula que hemos vivido tras la iconografía y los valores que ello comporta: el desarrollo del individualismo insolidario, tras el camuflamiento retórico de la obtención de acceso a determinados estilos de vida y de que la consecución de un status económico placentero es tan solo cuestión de la acción de uno mismo.
Pero el modelo tenía, y aún tiene mientras dure, una estructura y una lógica implacables. Una de las fundamentales es que el mantenimiento de estándares de bienestar de determinadas sociedades y grupos sociales solo es posible conseguirlo en base a que existan otras sociedades y grupos sociales instalados en el malestar. Claro que no es ineludible que sea así, pero sí lo es dentro del sistema capitalista. Por cierto, palabra esta casi en desuso por sus connotaciones ideológico-políticas y, por tanto, mal vista y sospechosa.
Hasta que el sistema empezó a “hacer aguas”, todos, o al menos una gran mayoría, participamos en el juego y nos creímos la historia, porque era un relato que funcionaba, al menos en nuestro “primer mundo”. Además, se apoyaba y alimentaba de una liturgia coherente: en nuestro caso “España va bien”, crecíamos económicamente, teníamos, y tenemos, una democracia, aumentan los indicadores de bienestar social, etc.
Vamos, que había toda una serie de hechos que legitimaba la liturgia y potenciaba el relato mítico-simbólico del sistema.
Ahora, cuando vemos lo que está pasando, y que los mentores del modelo se empeñan en contar otra historia, nos damos cuenta de que lo que siempre ha pasado, y hemos dejado pasar, nos molesta, nos irrita, y ello deviene en eso que los pedantes llaman deslegitimación y pérdida de credibilidad de determinadas instituciones y estamentos que resultaban intocables y en estos momentos están bajo sospecha.
Por tanto, lo que quiero remarcar aquí es que todos somos responsables en alguna medida de haber mirado para otro lado mientras nos iban bien o razonablemente bien las cosas; si bien es cierto que no todos lo somos en la misma medida, claro está. Unos lo somos simplemente por dejar hacer y beneficiarnos y otros por apropiarse, a costa de terceros, ilegítima e indecentemente, que no ilegalmente, de la mayor parte de la tarta; y también tienen un altísimo grado de responsabilidad los creadores y los  voceadores del discurso/relato socialmente dominante y los vendedores de las fábulas que movilizaban en nosotros el deseo compulsivo de ir tras quimeras inalcanzables e irrealizables, como pensar y sentir que el acceso  a determinado tipo de consumo enlaza con la felicidad.
Así como el significado de  persona era para los griegos máscara (proposón), personaje, hoy asistimos al desmantelamiento de la máscara tras la que se ocultaba el sistema y los individuos que lo controlaban/controlan y lo fomentaban.
Lo que también quiero poner de manifiesto es que lo que está sucediendo tiene aspectos, al menos desde mi punto de vista, muy positivos. El relato apoyado en fabulaciones se desmorona, pierde credibilidad, ya no lo creemos, y ahora lo que toca es empezar a generar una nueva narración basada en aspectos más veraces, más justos y más solidarios, pero desde principios de libertad real y desde una base mucho más horizontal, rompiendo la verticalidad que nos obligaba a la obediencia y la sumisión. Es decir, puede ser la hora de que seamos más libres y responsables (en el sentido de responder, de dar respuesta a lo que sucede y nos sucede).
Claro que no estoy del todo convencido de que respondamos desde la libertad. Viejo problema este de la libertad, ya que actuar desde ella de manera auténtica sabemos que comporta miedo, tenemos miedo a ser libres, preferimos ser domeñados y domesticados, eso sí con amabilidad, por los otros, que sean los otros los que nos digan qué hemos de hacer, cómo hacerlo, que nos señalen el camino, que nos den el recetario de lo que es bueno y malo, lo que es correcto e incorrecto, que nosotros tan solo apliquemos los dictámenes ya establecidos. Toda acción libre implica decidir por nosotros mismos y desde nosotros mismos, y eso siempre nos saca de nuestra zona de confort y nos sitúa ante un posible rechazo de los demás. Es el secular tema del amo y el esclavo, que tan bien desarrolló primero Nietzsche y posteriormente Foucault, donde para que existan amos ha de haber alguien que se preste a ser esclavo.